Por Gonzalo Rendón Ospina. FUCN
Acaba de concluir el mes de la Biblia, un tiempo en el
cual la Iglesia y los cristianos buscamos un acercamiento más consciente y
profundo a la Palabra de Dios. La Católica del Norte no es ajena a estos
eventos eclesiales; por eso, queremos dedicar este espacio para reflexionar en
torno al Libro del cual todos oímos hablar, pero que quizás sea importante empezar
a conocerlo desde los detalles más simples; es decir, desde sus aspectos formales
con el fin de que conociendo más su forma externa, nos sintamos motivados a
“entrar” ahí para escudriñar su mensaje y, en definitiva, para encontrarnos
allí con ese Dios en quien creemos y con su hijo, Jesús que nos lo ha revelado
tal cual es Él.
Pertenecemos a una generación a la cual se le devolvió
la Biblia, pero no nos entrenaron para recibirla ni para hacer el uso que de
ella se puede hacer. Preguntarán muchos, ¿cómo así que a nosotros nos
“devolvieron” la Biblia? Luego, ¿cuándo nos la habían quitado?
El tema es un poco largo de explicar; sin embargo,
podemos resumir en unas cuantas líneas ese fenómeno. Las primeras generaciones
de cristianos tenían una gran familiaridad y acceso a la Biblia; no había
ninguna restricción para leerla; sin embargo, con el correr del tiempo, el
idioma en que ellos la leían, fue cayendo en desuso. Ellos la leían en griego
común. En lugar del griego común se fue imponiendo el latín, la lengua del
imperio romano y, por tanto, la lengua oficial de la Iglesia.
En vista de que ya nadie entendía el griego común y
que, por otra parte, una versión en latín que ya existía, no era del todo
satisfactoria, se le ocurrió al papa Dámaso I (año 382) encargar a un monje de
nombre Jerónimo que hiciera una traducción al latín vulgar (o común). Muy
juicioso, Jerónimo se fue a Palestina y, como en una carrera contra el tiempo,
tradujo toda la Biblia desde sus lenguas originales: el hebreo, el arameo y el
griego. Esta versión se denominó “vulgata
editio”, o simplemente “Vulgata”, que significa edición para el pueblo. De
este modo se solucionaba el problema de la comprensión: la gente sólo entendía
el latín, por tanto, ahora podía leer y escuchar la Palabra de Dios en su
lengua.
Con el correr del tiempo, no obstante, también el latín
cae en desuso; con el declive y posterior caída del imperio romano, el latín
comienza a desaparecer como lengua común; cada una de las regiones que comprendía
el imperio empieza a hacer uso de sus propias raíces lingüísticas, raíces
quizás más antiguas que el mismo imperio, apareciendo así la cantidad de
lenguas que hoy se conocen en Europa.
A pesar de todo, el latín continuó siendo la lengua
“oficial” de la Iglesia (hasta el día de hoy), a ningún papa y a ningún
Concilio se le ocurrió que ya era hora de autorizar nuevas traducciones de la
Biblia; es más, en 1543, el Concilio de Trento determina que la Vulgata debía
continuar como la única versión autorizada por la Iglesia. Hemos de entender
que ya para este tiempo, ninguno, excepto algunos miembros del clero, entendía
exactamente lo que leían, menos aún el pueblo.
Con la aparición de Martín Lutero, a quien el Concilio
de Trento ya estaba excomulgando, y sus tesis de reforma, las cosas empiezan a
cambiar de color. Una de las tesis del Reformador planteaba la necesidad de
leer la Biblia en lengua vernácula; es decir, en la lengua de cada pueblo o región;
pero además, planteaba Lutero, cada uno podía interpretarla a su manera; es lo
que se conoce como el “libre examen”. Ante esto, la reacción de la Iglesia
católica reunida en Trento, fue tajante. Se prohibía a los católicos intentar
siquiera traducir la Biblia a su propia lengua y, por tanto, quedaba también
prohibido a los cristianos interpretarla. A ese paso, es evidente que a nadie
le interesaba tener en su casa un libro que no entendía.
Y así, continuaron las cosas por casi cinco siglos más.
Fue sólo en 1943, más exactamente el 30 de septiembre, cuando el papa de
entonces, Pío XII, recogiendo el sentir generalizado en la Iglesia católica
según el cual era necesario acercarse al texto bíblico de manera crítica para
extraer de él todo el sentido que encierra, autorizó e instó a los católicos a
emprender con toda libertad ese trabajo mediante su encíclica “Divino afflante Spiritu”. La voz del
papa llegó con muchos siglos de retraso, ¡pero llegó! Diez años más tarde, el
Concilio Vaticano II a través de uno de sus documentos más importantes, la
Constitución dogmática sobre la Divina Revelación, Dei verbum, declara que es una necesidad y una exigencia para todo
creyente, el estudio y la profundización de cada uno de los aspectos de la
Sagrada Escritura en orden a alimentar desde ella nuestra fe.
Como es lógico, la bandera en las investigaciones y
descubrimientos en torno al texto bíblico la tenían, y la siguen teniendo, biblistas
y eruditos pertenecientes a la Iglesia protestante que, a partir de la reforma
o surgimiento del protestantismo, nunca tuvieron ningún tipo de restricción.
Recordemos que Lutero, una vez excomulgado de la Iglesia romana, lo primero que
hizo fue traducir la Biblia al alemán y empezar a repartirla a todos los fieles
protestantes para que la tuvieran en sus casas y pudieran leerla sin limitación
alguna. Esto mismo se hizo en todos los países a donde llegó el protestantismo.
En la Iglesia católica, a partir de la encíclica de Pío
XII que ya mencionamos, aparece una primera traducción de la Biblia partiendo
de sus lenguas originales (el hebreo, arameo y griego) al español autorizada
por la Iglesia; sin embargo, la carrera de las traducciones de la Biblia,
comienza más exactamente después del Concilio Vaticano II. Ya el pueblo podía
escuchar la Palabra de Dios en su propia lengua y comienza la motivación para que
todos tengan su propia Biblia. No hay que dejar de reconocer que es mucho lo
que se ha hecho para lograr que todo cristiano conozca todo lo que debe conocer
de la Biblia; sin embargo, es mucho lo que queda todavía por hacer. Veinte
siglos de distanciamiento de la Biblia, no se superan en el lapso de una
generación, se requiere mucho trabajo, mucho esfuerzo por parte de la misma
Iglesia y, sobre todo mucho interés de cada creyente para lograr esa
familiaridad y “amistad” con la Biblia.
Se entiende pues, por qué podemos decir que
pertenecemos a una generación a quien se le “devolvió” la Biblia, pero aún nos
falta mucho entrenamiento y mucho interés para lograr hacerla parte de nuestra
vida.
En ese sentido pues, queremos proponer el inicio de un
camino, el camino que todo fiel cristiano debe recorrer hacia el conocimiento,
estudio y asimilación de la Biblia como la mejor herramienta para establecer,
entender y comprenderse mejor a sí mismo, a los demás, al mundo y a Dios.
Para ello, nos parece que la mejor manera de empezar es
conociendo lo más elemental de la Biblia para luego irnos sumergiendo poco a
poco en lo más amplio y complejo, siempre con una actitud de fe y de esperanza;
fe, porque de todos modos, en la Biblia está lo fundamental y esencial de
nuestra fe; y esperanza, porque al final de todo, esperamos ese encuentro
gozoso con el mejor papá de todos: el Padre de Jesús que nos ama por igual a
todos y a todas.
Partamos pues, de los elementos más formales de la
Biblia:
* ¿Qué es la
Biblia?
Todos sabemos qué es la Biblia; sin embargo, no todos
coincidimos a la hora de poner en común nuestra definición:
En orden a unificar hasta donde es posible la
definición de Biblia, comencemos por señalar lo que NO ES la Biblia.
Qué NO ES la
Biblia:
- No es un texto de ciencias naturales: por más
que encontremos relatos de origen del mundo, del ser humano, de los animales,
etc., en ningún momento el autor estaba empeñado en transmitir una “teoría” sobre
el origen de las especies o cosa parecida; su intención era completamente
distinta.
- No es un libro de historia universal: los
primeros capítulos del Génesis nos hablan de origen de las diferentes razas,
nos presenta una tabla de las naciones, etc., sin embargo con ello no intenta
dar lecciones ni de historia, ni de geografía política, ni nada de eso;
sencillamente, el autor quiere demostrar a los lectores de su tiempo cómo la
historia del pueblo israelita está inserta en la historia de la humanidad, y en
ella, la acción de Dios.
- No es un tratado de historia de Israel: a
pesar de que prácticamente todos los relatos que nos narra la Biblia están en
relación con el acontecer del pueblo israelita, no podemos pensar que la Biblia
es una historia de Israel en el sentido que hoy entendemos la historia. Si
miramos de cerca cada relato que parece histórico, nos sorprenderemos de la
cantidad de anacronismos y divergencias, y esto no porque los editores no se
hayan dado cuenta, sino porque así lo quisieron; ellos querían demostrar cómo
en cada acontecimiento, el ser humano ha de tomar algún tipo de conciencia
frente a Dios y frente a sus semejantes.
- No es un tratado de religión ni de moral:
aunque hay cantidad de preceptos morales, normas religiosas, etc., no se puede
equiparar la Biblia a un “curso” de religión (por la cantidad de imágenes o
ideas de Dios) o de moral.
Para definir la Biblia comúnmente utilizamos expresiones
como estas:
- Es la Palabra de Dios...
- Es un libro donde Dios nos habla...
- Es el libro sagrado de judíos y cristianos...
- Es una colección de libros...
- Es el libro que contiene todo lo necesario para
salvarnos...
- Es un libro difícil de entender...
A pesar de que estas expresiones son ciertas, con ellas
NO estamos diciendo TODO sobre la Biblia; apenas sí describimos algunos de sus
aspectos, pero no la tocamos en su esencia.
Acordemos entonces,
en definitiva, QUÉ ES la Biblia:
Un modo muy simple para definirla:
Una serie de
recuerdos, reminiscencias, evocaciones e interpretaciones del pasado, que
ayudaron a un pueblo -el pueblo de Israel- a comprender en cierta medida el
presente, para soñar un mejor futuro.
Y este proceso no se hizo una sola vez, sino muchas...
antes de Cristo y después de él.
En este sentido, la Biblia es una imagen de lo que nos
sucede muchas veces a nosotros:
Ante una situación crítica (personal, familiar,
comunitaria...):
Miramos hacia atrás, recordamos el pasado, pero muchas
veces ese pasado ya no nos es completamente claro;
Preguntamos a otros testigos directos de ese pasado,
pero entre esos testigos no hay unanimidad de recuerdos; cada uno recuerda a su
manera y de acuerdo a su propia experiencia los hechos del pasado;
La finalidad no es reconstruir el pasado objetivamente,
sino hallar en el pasado algo que nos ayude a comprender, hasta donde es
posible, el presente. Desde esta perspectiva, no hemos hecho historia, hemos interpretado la historia, hasta podemos
decir, ahora sí entiendo lo que hace tanto tiempo no pude entender...
Con base en esto, es posible pensar en una o varias
opciones para seguir adelante hasta que nuevamente nos topemos con otra
encrucijada y de nuevo tengamos nosotros, o la generación que nos suceda, que
volver a realizar el mismo ejercicio.
Más o menos esa es la dinámica que está detrás de toda
la Biblia: un volver continuamente al pasado para reinterpretar el presente a
la luz de nuevos acontecimientos.
Para nosotros como cristianos, Jesucristo es el
acontecimiento siempre “nuevo” que ilumina tanto el pasado como el presente y
el futuro de la humanidad. Ya los primeros cristianos entendieron que en él
Dios se estaba manifestando tal cual es; que en él, la historia pasada marcada por
el amor del Padre, adquiría nuevas luces, y que el futuro y el destino humanos
era (y es) posible transformarlos a luz de su enseñanza y su testimonio....
En pocas palabras, entonces, la Biblia es un conjunto de testimonios escritos sobre las
relaciones de Dios con una comunidad de fe; relaciones que a veces son muy
nítidas, otras veces muy opacas, otras veces oscuras completamente; hay
infidelidades, tropiezos, desvíos; pero siempre, por encima de todo hay algo:
el amor y la fidelidad siempre perpetuos por parte de Dios. Y lo más
interesante de todo: esa historia de relaciones es paradigma para la humanidad de todos los tiempos y culturas, por
eso es importante que nosotros en esta época y en esta generación miremos hacia
allá, para autodescubrirnos y para dejarnos abrazar por ese Padre amoroso que
en su Hijo nos lo ha dado todo.
Otro elemento de tipo formal es la autoría de la
Biblia:
* ¿Quién escribió
la Biblia?
- Sería lógico pensar que si la Biblia es una colección
de libros, cada uno debería tener la firma de un autor; o en algunos casos, un
autor pudo haber compuesto varios libros, si no todos. En realidad no es así.
Como autor o autores de la Biblia debemos considerar en
primera instancia a la comunidad. La Biblia comenzó como un proceso de comunicación
oral; una tradición se transmitía de generación a generación oralmente, sólo
después vino la escritura, la redacción y la edición final del texto tal como
lo conocemos hoy.
De acuerdo con lo anterior, sólo en muy pocos casos se
ha logrado establecer con cierta seguridad la autoría de algunos libros de la
Biblia. Tal es el caso de unas cuantas cartas de san Pablo quien ciertamente
acostumbraba firmarlas; sin embargo, bajo su nombre encontramos otras que hoy
por la crítica interna se establece que son pseudoepígrafas. Lo mismo vale para
otras como 1 y 2 de Pedro, Santiago, Juan.
En cuanto a los libros del Antiguo Testamento,
podríamos decir, que algunos libros proféticos cuentan con la paternidad de algún
autor; otros, como el caso de los cinco primeros que conforman el Pentateuco,
que hasta hace unos años se le atribuían a Moisés, son en realidad el producto
de varias escuelas o corrientes teológico-literarias; igual vale para los
denominados “libros históricos”, hoy se ha comprobado que fueron compilados por
una corriente teológico-literaria que los eruditos denominaron Deuteronomista.
En definitiva, entonces, la autoría de los libros de la
Biblia es un tema un poco complejo; sin embargo, es verdaderamente apasionante
porque podemos ir descubriendo cómo en la construcción de cada uno intervino el
mismo pueblo, la comunidad creyente, lo cual nos hace caer en la cuenta de que,
si bien decimos que la Biblia es la Palabra de Dios, también es justo decir que
es palabra humana.
* ¿Cuándo se
escribió la Biblia?
El proceso de la escritura de todos los libros bíblicos
fue largo; la mayoría de estudiosos está de acuerdo en afirmar que dicho
proceso comenzó más o menos entre los siglos XII y XI aC., y finalizó hacia el
s. I dC.
* ¿Cómo se
escribió la Biblia?
En cuanto al “cómo”, es importante tener cuenta dos
sentidos: en primer lugar los recursos materiales que se emplearon; y en
segundo lugar, los recursos de forma o literarios. Todo lo que tiene que ver
con los recursos materiales, lo podemos establecer a través de la paleografía;
es decir, la disciplina que se ocupa de enseñarnos cómo nació y se desarrolló
el proceso humano de la escritura, los materiales que se empleaban, la forma y
característica de las letras, incluso las diferentes variedades de tinta y su
fabricación, las plumas con que se escribía...etc.
Y con respecto a los recursos de forma o literarios,
dicha tarea la adelanta la moderna ciencia de la crítica literaria.
* ¿Dónde se
escribió la Biblia?
La cuna que vio nacer la Biblia es lo que hoy conocemos
como el Cercano Oriente o Asia menor; un territorio muy particular delimitado
por Mesopotamia al norte; el norte de Egipto al sur; el mar Mediterráneo al
occidente y el gran desierto siro-arábigo al oriente. Allí encontramos una
porción de territorio que los antiguos denominaban Canaán y que luego los
romanos, un poco antes de Cristo, denominaron Palestina; hoy por hoy ese
territorio también se denomina Israel para los judíos, pero continúa llamándose
Palestina para los árabes.
De todos modos, es importante aclarar que no todos los
libros bíblicos se escribieron en Canaán, también hay indicios de que algunos
se escribieron en Alejandría, en Asiria, Fenicia....
* ¿Para quién o
quiénes se escribió la Biblia?
Es importante tener claro que la Biblia no se escribió
para nosotros. Ningún autor bíblico se imaginaba siquiera que sus escritos iban
a tener una trascendencia tan enorme. La Biblia se fue escribiendo poco a poco,
para una comunidad concreta, con una cultura y unas costumbres muy propias de
esa comunidad y de esa región. Cada escrito quiso responder a unas necesidades
muy específicas que hoy sólo es posible descubrir a la luz de las ciencias
auxiliares en las cuales se tiene que apoyar la investigación bíblica.
Si hoy nosotros sentimos que la Biblia nos pertenece,
es porque somos herederos de la fe y las convicciones de los primeros
discípulos de Jesús y de las comunidades que se fueron formando a la luz de esa
fe. De ese modo, la Palabra de Dios contenida en la Biblia ha trascendido los límites
no sólo geográficos, sino también los del tiempo.
¿Cómo debemos
leer la Biblia?
Acabamos de decir que la Biblia no fue escrita para
nosotros. Entre nosotros y la Biblia hay una enorme distancia en materia de
tiempo, de costumbres, de cultura, de modos de ver al hombre, al mundo y a
Dios. Por eso, la lectura de la Biblia exige un primer presupuesto: el de la
fe. Luego, se hace necesario un proceso de conocimiento y de acercamiento a
ella para descubrir, en primer lugar, el contexto social, político, económico,
religioso, donde escribió cada libro; entender qué quiso decir el autor sagrado
a los destinatarios de su tiempo para luego ver qué nos dice a nosotros hoy ese
pasaje o ese libro.
Por todo lo anterior, el cristiano que quiere cada día
madurar más su fe, encontrarse con Dios a través de su Palabra y, en fin,
adecuar su vida al mensaje que ella guarda, sabe que ello sólo se logra a
través de los grupos de estudio bíblico donde, al tiempo que recibe formación,
se va capacitando también para adoptar alguno de los métodos de lectura provechosa de la Biblia.
- Materiales sugeridos para continuar el estudio
personal.
Para un acercamiento inicial a la Biblia es necesario tener
en cuenta:
González Echegaray, J. et al. (1990). La
Biblia en su entorno. Colección IEB, 1. Verbo Divino, Estella (Navarra).
Artola, A.M &
Sánchez Caro, J.M. (1989). Biblia
y Palabra de Dios. Colección IEB, 2. Verbo Divino, Estella (Navarra).
Bagot, J-P. & Dubs, J-C. (2005). Para leer la Biblia. 8ª
Ed. Verbo Divino, Estella (Navarra).
Könings. Johan. (2008). La
Biblia, su historia y su lectura. Págs. 200 en adelante. Verbo Divino,
Estella (Navarra).